Marcelo González y un viaje literario a las entrañas del boxeo
El pasado jueves 14 de mayo, la mítica Casa del Boxeador de Balvanera (Bartolomé Mitre 2020) abrió sus puertas para una cita con la memoria. No fue una presentación más; fue el bautismo oficial de "reKOrdando: 12 rounds al corazón", el primer libro de Marcelo González. Con el respaldo de Sergio "Maravilla" Martínez en el prólogo, la obra condensa más de cuatro décadas de pasiones, dolores y vivencias al borde del ring.
En una charla íntima, profunda y por momentos arrinconada por la emoción, la histórica voz de Combate Space y Boxeo de Primera dialogó con José Valle. Un viaje conmovedor desde los juegos de la infancia sobre una alfombra marcada, pasando por el homenaje a los maestros que ya no están, hasta entender cómo el boxeo se transformó, irremediablemente, en el eje de su vida.
José Valle: Marcelo, el libro es un espejo de tu vida. Contale a la gente cómo arranca, allá a lo lejos, tu pasión por el periodismo deportivo.
Marcelo González: (Se toma un segundo, sonríe con nostalgia) Arranca ya desde muy pequeño, José. Nace en el refugio de mi habitación, cuando armaba canchas de fútbol en las alfombras. ¡Un día le hice la demarcación de las líneas con plasticola a mi mamá y me quería matar! Viste que la plasticola se seca y no sale más; por varios años esa alfombra quedó marcada con el diseño de mi infancia. Ponía arcos con las redecillas del pelo de mi vieja atadas sobre unas sillitas, jugaba con tres muñecos por lado y relataba los partidos con el alma. Pero el ring también estaba ahí: daba vuelta la mesita de luz, le ponía unas bandas elásticas como sogas y hacía pelear a los muñecos, relatando las peleas de boxeo con la misma seriedad que hoy. Desde que tengo uso de la memoria, yo sabía perfectamente que iba a ser periodista deportivo. Pero el boxeo... el boxeo se metió en mi sangre, en mi alma y en mi corazón por un nombre propio: Carlos Monzón.
JV: Es que Monzón fue mucho más que un deportista. Fue ese héroe de carne y hueso que tuviste vos y tuvimos muchísimos argentinos. Nos regalaba la certeza absoluta de que íbamos a ganar. Daba previsibilidad de triunfo.
MG: Exacto, diste en la tecla. En los años de gloria del campeón del mundo, del 70 al 77, transcurrió toda mi infancia. Monzón se consagró cuando yo tenía apenas 5 años y se retiró cuando cumplí 12. Así que fíjate el impacto: yo, que consumía cómics de superhéroes como Batman, Superman o la Liga de la Justicia, sentía que Monzón era mi héroe real, uno que no usaba capa sino guantes. Cuando crecí y entré al Círculo de Periodistas Deportivos aún estaba indeciso sobre qué deporte seguir, porque el fútbol me fascina. Pero me quedé con el boxeo un poco por rebeldía, porque sentía que mis compañeros de banco tenían una pelota de fútbol en vez de un cerebro (risas).
"Mientras de chico leía cómics de Batman o Superman, para mí Monzón era el héroe real. Uno que no usaba capa sino guantes".
JV: Esa rebeldía te guió bien. El destino te cruzó rápido con el boxeo grande y verdadero en tus años de estudiante...
MG: Fue una causalidad hermosa. Estudiando en el Círculo, en Rodríguez Peña 628, me encontré con que enfrente, en el 661, estaba la oficina de Santos Nicolini. Un día junté coraje, me metí y "Santito" —un gran tipo que se nos fue hace poco y que extraño mucho— me abrió las puertas de par en par, con una generosidad enorme. Me ofreció laburo en el boxeo siendo yo solo un adolescente de pantalones cortos. Las primeras cosas que hice en el exterior fueron de la mano de él. (Su voz se quiebra levemente) Se fue mucha gente querida en este último tiempo, José...
JV: Un tipo sumamente generoso, sin dudas. De esos hombres que hacían grande a este deporte. ¿Vos ya andabas buscando material de boxeo cuando lo cruzaste por primera vez?
MG: Sí, andaba detrás de un tesoro. Mi viejo no tenía nada que ver con el boxeo, pero cuando yo era chico se sentaba conmigo y me explicaba las cosas. Yo era tan inocente que creía que Monzón era el único campeón del mundo que existía. Entonces, cuando en mi casa veían las peleas de Víctor Galíndez o de Muhammad Ali y los periodistas decían "el campeón del mundo", yo me enojaba y gritaba que el campeón era Monzón. Mi viejo, con una paciencia infinita, me explicó la división de pesos y categorías. Ahí me despertó la intriga, empecé a investigar, a leer y a comprar la revista The Ring en Español. Un día publicitaron un libro sagrado, el Ring Record Book, y yo me volvía loco porque no sabía cómo conseguirlo. Hasta que mi profesor de educación física de la secundaria, que entrenaba boxeadores, me tiró la soga: me dijo que lo vendía Santos Nicolini y me pasó el dato de su programa de radio de los fines de semana.
JV: ¿Y cómo fue ese primer encuentro cara a cara, el momento en que el chico de la alfombra marcada con plasticola conoció al gran promotor?
MG: Lo escuché una noche en la radio decir: "Bueno, vamos a estar la semana que viene en Morón viendo debutar como profesional a José Palmero" (NdR: el medio hermano de Víctor Galíndez). No lo dudé. Me fui con mi viejo hasta la cancha de Morón. El ring se había montado sobre un córner del estadio de fútbol, me acuerdo como si fuera hoy. Junté el aire que me quedaba, lo encaré a Santos y le dije: "Quiero comprar el libro de The Ring que usted dijo que vendía". Me miró, vio mis ganas y me citó a la oficina. Fui y, en lugar de venderme el libro, ¡ahí nomás me ofreció laburo! Le pedí por favor que me esperara a que terminara la secundaria y él me sugirió entrar al Círculo. Me mostró todo el camino con una generosidad que no vi en nadie más en esta profesión, te lo juro por lo más sagrado. Con 17 años ya me encarrilé de su mano y jamás me bajé del ring.
JV: La gente te asocia inmediatamente a la televisión. Seguramente el ciclo que más guardan en el corazón de tu larga trayectoria en los medios es Combate Space.
MG: Sí, por supuesto, y lo agradezco profundamente. Pero vos sabés, José —y creo que es el motivo de tu llamada y de este libro—, que yo siempre digo en las presentaciones que, a pesar de haber trascendido en Combate Space por estar 26 años en esa pantalla, y de ir ahora para una década en Boxeo de Primera por TyC Sports, yo soy, ante todo, un periodista de extracción gráfica. Mi alma es de tinta. Empecé con Santitos en la radio y en la revista Cuadrilátero. Al poco tiempo, Alfredo Behrens me propuso entrar a la agencia Télam. Entré en octubre de 1983 y estuve hasta el año 2000. Me pasé gran parte de mi vida escribiendo en el anonimato de una redacción, mucho más tiempo que poniendo la cara o agarrando un micrófono. El medio audiovisual me hizo trascender y superó al escrito, claro, pero Combate Space fue una aventura tremendamente importante porque arrancamos en el 91 en el Cono Sur y terminamos siendo un lazo panregional, uniendo pasiones desde México hasta Ushuaia.
"Escribir este libro es una deuda que tenía conmigo mismo desde que comencé y que pagué 43 años después".
JV: El libro es una caricia a la memoria de este deporte. ¿En qué momento de tu vida mirás hacia atrás, decís "quiero dejar algo escrito para siempre" y cómo aparece finalmente "reKOrdando: 12 rounds al corazón"?
MG: La idea siempre estaba dando vueltas en la cabeza, como un fantasma lindo, pero por las ocupaciones del día a día o tal vez por vago, postergaba el momento de sentarme frente al teclado. Carlitos Irusta tuvo una parte enorme en esta decisión; él me invitaba siempre a escribir en su revista Ring Side. En 2016, cuando murió el ex campeón mundial Bobby Chacón, me pidió la necrológica. Me sumergí en su historia y encontré un dolor inmenso: su mujer se había suicidado apenas unas horas antes de que él subiera a pelear; él se subió al ring herido de muerte por el dolor, peleó igual y ganó. Conté esa historia en la revista, luego la subí a las redes sociales sumándole datos y una verba mucho más literaria, más poética. Después me animé a escribir otra historia que me toca las fibras más íntimas: la de mi esposa, Analía Maradona, que es referí de boxeo. A ella se le murió el papá un día antes de debutar como referí profesional. Estaba destrozada, pero debutó a la semana siguiente y en el centro del ring pasó algo mágico, un milagro que está contado en el libro y que todavía nos hace llorar.
JV: Te fuiste entusiasmando y encontraste en la escritura el lugar ideal para volcar tantas emociones guardadas...
MG: Exacto. Dejé de ver datos fríos y empecé a armar una antología con historias humanas, de esas que te conmueven y te dejan un nudo en la garganta. Sumé el crepúsculo y el retiro de Bernard Hopkins, o una profecía hermosa que hizo "Maravilla" Martínez cuando se bajó del ring vapuleado tras perder su invicto con Antonio Margarito. Derrotado, ensangrentado y todo, tiró una profecía en los micrófonos de Space diciendo que iba a volver a Las Vegas como campeón del mundo. Nadie le creyó esa noche, lo tomaron por loco. Pero yo guardé ese tesoro en mi memoria y lo escribí muchos años más tarde, cuando Sergio le ganó a Chávez Jr. en aquella memorable pelea, cumpliendo su palabra 12 años después. Incluso me animé a jugar y escribí un cuento de un boxeador creado por Inteligencia Artificial, que parece un delirio... o no tanto. Así se fue gestando este hijo texturado. Es una deuda que tenía conmigo mismo desde el primer día en que pisé una redacción y que, por fin, logré pagar 43 años después.
JV: Un acto de justicia con tu propia historia, Marcelo. Para los que quieran emocionarse y leer estas páginas, ¿dónde lo puede comprar la gente?
MG: (Risas cálidas) Mirá, la parte que me correspondía a mí y que me dio la editorial voló, se me acabó en las manos, aunque ya estamos gestionando con urgencia que me den más ejemplares. En unos días voy a tener stock para vender y firmar directamente. Mientras tanto, para mí es un placer enorme charlar con los lectores, así que me pueden escribir directamente a mis cuentas de Instagram o Twitter (@marcegon318) para reservar el suyo, o adquirirlo ya mismo de forma online en la página oficial de Ediciones Al Arco. Gracias por este espacio, José, de corazón.
En una charla íntima, profunda y por momentos arrinconada por la emoción, la histórica voz de Combate Space y Boxeo de Primera dialogó con José Valle. Un viaje conmovedor desde los juegos de la infancia sobre una alfombra marcada, pasando por el homenaje a los maestros que ya no están, hasta entender cómo el boxeo se transformó, irremediablemente, en el eje de su vida.
José Valle: Marcelo, el libro es un espejo de tu vida. Contale a la gente cómo arranca, allá a lo lejos, tu pasión por el periodismo deportivo.
Marcelo González: (Se toma un segundo, sonríe con nostalgia) Arranca ya desde muy pequeño, José. Nace en el refugio de mi habitación, cuando armaba canchas de fútbol en las alfombras. ¡Un día le hice la demarcación de las líneas con plasticola a mi mamá y me quería matar! Viste que la plasticola se seca y no sale más; por varios años esa alfombra quedó marcada con el diseño de mi infancia. Ponía arcos con las redecillas del pelo de mi vieja atadas sobre unas sillitas, jugaba con tres muñecos por lado y relataba los partidos con el alma. Pero el ring también estaba ahí: daba vuelta la mesita de luz, le ponía unas bandas elásticas como sogas y hacía pelear a los muñecos, relatando las peleas de boxeo con la misma seriedad que hoy. Desde que tengo uso de la memoria, yo sabía perfectamente que iba a ser periodista deportivo. Pero el boxeo... el boxeo se metió en mi sangre, en mi alma y en mi corazón por un nombre propio: Carlos Monzón.
JV: Es que Monzón fue mucho más que un deportista. Fue ese héroe de carne y hueso que tuviste vos y tuvimos muchísimos argentinos. Nos regalaba la certeza absoluta de que íbamos a ganar. Daba previsibilidad de triunfo.
MG: Exacto, diste en la tecla. En los años de gloria del campeón del mundo, del 70 al 77, transcurrió toda mi infancia. Monzón se consagró cuando yo tenía apenas 5 años y se retiró cuando cumplí 12. Así que fíjate el impacto: yo, que consumía cómics de superhéroes como Batman, Superman o la Liga de la Justicia, sentía que Monzón era mi héroe real, uno que no usaba capa sino guantes. Cuando crecí y entré al Círculo de Periodistas Deportivos aún estaba indeciso sobre qué deporte seguir, porque el fútbol me fascina. Pero me quedé con el boxeo un poco por rebeldía, porque sentía que mis compañeros de banco tenían una pelota de fútbol en vez de un cerebro (risas).
"Mientras de chico leía cómics de Batman o Superman, para mí Monzón era el héroe real. Uno que no usaba capa sino guantes".
JV: Esa rebeldía te guió bien. El destino te cruzó rápido con el boxeo grande y verdadero en tus años de estudiante...
MG: Fue una causalidad hermosa. Estudiando en el Círculo, en Rodríguez Peña 628, me encontré con que enfrente, en el 661, estaba la oficina de Santos Nicolini. Un día junté coraje, me metí y "Santito" —un gran tipo que se nos fue hace poco y que extraño mucho— me abrió las puertas de par en par, con una generosidad enorme. Me ofreció laburo en el boxeo siendo yo solo un adolescente de pantalones cortos. Las primeras cosas que hice en el exterior fueron de la mano de él. (Su voz se quiebra levemente) Se fue mucha gente querida en este último tiempo, José...
JV: Un tipo sumamente generoso, sin dudas. De esos hombres que hacían grande a este deporte. ¿Vos ya andabas buscando material de boxeo cuando lo cruzaste por primera vez?
MG: Sí, andaba detrás de un tesoro. Mi viejo no tenía nada que ver con el boxeo, pero cuando yo era chico se sentaba conmigo y me explicaba las cosas. Yo era tan inocente que creía que Monzón era el único campeón del mundo que existía. Entonces, cuando en mi casa veían las peleas de Víctor Galíndez o de Muhammad Ali y los periodistas decían "el campeón del mundo", yo me enojaba y gritaba que el campeón era Monzón. Mi viejo, con una paciencia infinita, me explicó la división de pesos y categorías. Ahí me despertó la intriga, empecé a investigar, a leer y a comprar la revista The Ring en Español. Un día publicitaron un libro sagrado, el Ring Record Book, y yo me volvía loco porque no sabía cómo conseguirlo. Hasta que mi profesor de educación física de la secundaria, que entrenaba boxeadores, me tiró la soga: me dijo que lo vendía Santos Nicolini y me pasó el dato de su programa de radio de los fines de semana.
JV: ¿Y cómo fue ese primer encuentro cara a cara, el momento en que el chico de la alfombra marcada con plasticola conoció al gran promotor?
MG: Lo escuché una noche en la radio decir: "Bueno, vamos a estar la semana que viene en Morón viendo debutar como profesional a José Palmero" (NdR: el medio hermano de Víctor Galíndez). No lo dudé. Me fui con mi viejo hasta la cancha de Morón. El ring se había montado sobre un córner del estadio de fútbol, me acuerdo como si fuera hoy. Junté el aire que me quedaba, lo encaré a Santos y le dije: "Quiero comprar el libro de The Ring que usted dijo que vendía". Me miró, vio mis ganas y me citó a la oficina. Fui y, en lugar de venderme el libro, ¡ahí nomás me ofreció laburo! Le pedí por favor que me esperara a que terminara la secundaria y él me sugirió entrar al Círculo. Me mostró todo el camino con una generosidad que no vi en nadie más en esta profesión, te lo juro por lo más sagrado. Con 17 años ya me encarrilé de su mano y jamás me bajé del ring.
JV: La gente te asocia inmediatamente a la televisión. Seguramente el ciclo que más guardan en el corazón de tu larga trayectoria en los medios es Combate Space.
MG: Sí, por supuesto, y lo agradezco profundamente. Pero vos sabés, José —y creo que es el motivo de tu llamada y de este libro—, que yo siempre digo en las presentaciones que, a pesar de haber trascendido en Combate Space por estar 26 años en esa pantalla, y de ir ahora para una década en Boxeo de Primera por TyC Sports, yo soy, ante todo, un periodista de extracción gráfica. Mi alma es de tinta. Empecé con Santitos en la radio y en la revista Cuadrilátero. Al poco tiempo, Alfredo Behrens me propuso entrar a la agencia Télam. Entré en octubre de 1983 y estuve hasta el año 2000. Me pasé gran parte de mi vida escribiendo en el anonimato de una redacción, mucho más tiempo que poniendo la cara o agarrando un micrófono. El medio audiovisual me hizo trascender y superó al escrito, claro, pero Combate Space fue una aventura tremendamente importante porque arrancamos en el 91 en el Cono Sur y terminamos siendo un lazo panregional, uniendo pasiones desde México hasta Ushuaia.
"Escribir este libro es una deuda que tenía conmigo mismo desde que comencé y que pagué 43 años después".
JV: El libro es una caricia a la memoria de este deporte. ¿En qué momento de tu vida mirás hacia atrás, decís "quiero dejar algo escrito para siempre" y cómo aparece finalmente "reKOrdando: 12 rounds al corazón"?
MG: La idea siempre estaba dando vueltas en la cabeza, como un fantasma lindo, pero por las ocupaciones del día a día o tal vez por vago, postergaba el momento de sentarme frente al teclado. Carlitos Irusta tuvo una parte enorme en esta decisión; él me invitaba siempre a escribir en su revista Ring Side. En 2016, cuando murió el ex campeón mundial Bobby Chacón, me pidió la necrológica. Me sumergí en su historia y encontré un dolor inmenso: su mujer se había suicidado apenas unas horas antes de que él subiera a pelear; él se subió al ring herido de muerte por el dolor, peleó igual y ganó. Conté esa historia en la revista, luego la subí a las redes sociales sumándole datos y una verba mucho más literaria, más poética. Después me animé a escribir otra historia que me toca las fibras más íntimas: la de mi esposa, Analía Maradona, que es referí de boxeo. A ella se le murió el papá un día antes de debutar como referí profesional. Estaba destrozada, pero debutó a la semana siguiente y en el centro del ring pasó algo mágico, un milagro que está contado en el libro y que todavía nos hace llorar.
JV: Te fuiste entusiasmando y encontraste en la escritura el lugar ideal para volcar tantas emociones guardadas...
MG: Exacto. Dejé de ver datos fríos y empecé a armar una antología con historias humanas, de esas que te conmueven y te dejan un nudo en la garganta. Sumé el crepúsculo y el retiro de Bernard Hopkins, o una profecía hermosa que hizo "Maravilla" Martínez cuando se bajó del ring vapuleado tras perder su invicto con Antonio Margarito. Derrotado, ensangrentado y todo, tiró una profecía en los micrófonos de Space diciendo que iba a volver a Las Vegas como campeón del mundo. Nadie le creyó esa noche, lo tomaron por loco. Pero yo guardé ese tesoro en mi memoria y lo escribí muchos años más tarde, cuando Sergio le ganó a Chávez Jr. en aquella memorable pelea, cumpliendo su palabra 12 años después. Incluso me animé a jugar y escribí un cuento de un boxeador creado por Inteligencia Artificial, que parece un delirio... o no tanto. Así se fue gestando este hijo texturado. Es una deuda que tenía conmigo mismo desde el primer día en que pisé una redacción y que, por fin, logré pagar 43 años después.
JV: Un acto de justicia con tu propia historia, Marcelo. Para los que quieran emocionarse y leer estas páginas, ¿dónde lo puede comprar la gente?
MG: (Risas cálidas) Mirá, la parte que me correspondía a mí y que me dio la editorial voló, se me acabó en las manos, aunque ya estamos gestionando con urgencia que me den más ejemplares. En unos días voy a tener stock para vender y firmar directamente. Mientras tanto, para mí es un placer enorme charlar con los lectores, así que me pueden escribir directamente a mis cuentas de Instagram o Twitter (@marcegon318) para reservar el suyo, o adquirirlo ya mismo de forma online en la página oficial de Ediciones Al Arco. Gracias por este espacio, José, de corazón.
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