Bahía Blanca: El abrazo eterno de un fuelle que no se apaga
Hay ciudades que guardan su historia en los libros, y hay otras, como Bahía Blanca, que prefieren contarla en el asfalto, al compás de un 2x4 que se niega al olvido. La reciente Semana del Tango no fue solo una sucesión de eventos; fue el latido de una identidad que recuperó su pulso, transformando la nostalgia en una cultura vibrante y presente.Bajo la mirada del Instituto Cultural,comandado por Natalia Martirena secundada por Gustavo Kamerbeek, la ciudad se convirtió en un gran escenario donde el tiempo pareció detenerse. En el Auditorio Luis Caronti, las luces se encendieron para recibir desde el despliegue escénico de "Carmen Tango" hasta la elegancia final del sexteto "La Mariposa". Hubo momentos donde el aire se volvió denso de emoción: el tributo de Nora Roca y Víctor Volpe a la inmensa Eladia Blázquez, o ese "Ritual de Encuentro" donde los maestros de siempre Juan Carlos Schimizzi y Osvaldo Rojas se fundieron con Pablo Gibelli, Quique Lorenzi y Jorge Vignales, recientes vencedores en las tierras de Cosquín.
Pero el tango en Bahía también camina las calles. La restitución de la placa en el mítico Café Miravalles, recordando el paso de Carlos Gardel, devolvió a las veredas esa mística de esquina y farol que nos define. Mientras tanto, el Bus Turístico , coordinado por la Lic. Karina Sánchez (Dirección de Turismo),trazaba una Ruta del Tango que conectaba los puntos invisibles de nuestro patrimonio, rescatando historias que suelen dormir en los zaguanes.Uno de los pasajes más íntimos ocurrió durante la charla "Contame una historia". Allí, la palabra del historiador José Valle funcionó como un puente hacia el ayer, mientras la voz sensual de Gaby acariciaba cada silencio, convirtiendo el relato en un susurro al corazón. El broche sonoro lo puso el ensamble Un Poroto,, bajo la experta dirección del guitarrista Nicolás Fernández Vicente., logrando una factura técnica impecable donde el oboe y el fuelle dialogaron en una lengua exquisita y nueva.
La semana también fue un acto de justicia y gratitud. El escenario se iluminó para abrazar a las mujeres que son cimiento de nuestra cultura: las voces de Susana Matilla, Nora Roca, Roxana Soler y Silvana Lorena; la danza de Laura Borelli; y el talento de Gisela Gregori y Mónica Odoux. Ellas no solo recibieron un premio; ellas son el testimonio vivo de una ciudad que se reconoce en sus artistas.
Desde el arrabal íntimo del Café Histórico hasta la modernidad de las cervecerías y bares que abrieron sus puertas a propuestas como "Desobedientes Tango", Bahía Blanca demostró que el género no es una pieza de museo. Es una industria cultural que circula, que se moderniza y que, sobre todo, nos sigue convocando al abrazo. Porque mientras haya un bandoneón que respire en una esquina bahiense, nuestra esencia seguirá latiendo con fuerza.
Pero el tango en Bahía también camina las calles. La restitución de la placa en el mítico Café Miravalles, recordando el paso de Carlos Gardel, devolvió a las veredas esa mística de esquina y farol que nos define. Mientras tanto, el Bus Turístico , coordinado por la Lic. Karina Sánchez (Dirección de Turismo),trazaba una Ruta del Tango que conectaba los puntos invisibles de nuestro patrimonio, rescatando historias que suelen dormir en los zaguanes.Uno de los pasajes más íntimos ocurrió durante la charla "Contame una historia". Allí, la palabra del historiador José Valle funcionó como un puente hacia el ayer, mientras la voz sensual de Gaby acariciaba cada silencio, convirtiendo el relato en un susurro al corazón. El broche sonoro lo puso el ensamble Un Poroto,, bajo la experta dirección del guitarrista Nicolás Fernández Vicente., logrando una factura técnica impecable donde el oboe y el fuelle dialogaron en una lengua exquisita y nueva.
La semana también fue un acto de justicia y gratitud. El escenario se iluminó para abrazar a las mujeres que son cimiento de nuestra cultura: las voces de Susana Matilla, Nora Roca, Roxana Soler y Silvana Lorena; la danza de Laura Borelli; y el talento de Gisela Gregori y Mónica Odoux. Ellas no solo recibieron un premio; ellas son el testimonio vivo de una ciudad que se reconoce en sus artistas.
Desde el arrabal íntimo del Café Histórico hasta la modernidad de las cervecerías y bares que abrieron sus puertas a propuestas como "Desobedientes Tango", Bahía Blanca demostró que el género no es una pieza de museo. Es una industria cultural que circula, que se moderniza y que, sobre todo, nos sigue convocando al abrazo. Porque mientras haya un bandoneón que respire en una esquina bahiense, nuestra esencia seguirá latiendo con fuerza.


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