"Osvaldo Rojas: La cadencia del sentimiento" Por José Valle *

Hay voces que no necesitan del estruendo para conmover, y artistas cuya mayor grandeza reside en la sobriedad. Osvaldo Rojas es, sin duda, uno de ellos. Rosarino de nacimiento pero bahiense por elección, Rojas ha logrado construir una identidad tanguera que une el aroma de las glicinas de su infancia con el pulso portuario y cultural de su ciudad adoptiva.

Nacido en Rosario, Santa Fe, dio sus primeros pasos profesionales en la Orquesta de Julio Conti. Sin embargo, el destino le tenía reservada una sorpresa: el servicio militar lo trasladó a la Base Naval Puerto Belgrano. Lo que comenzó como una obligación cívica terminó en un romance eterno con Bahía Blanca, ciudad que nunca más abandonó.
Su trayectoria en la región es un mapa de las grandes formaciones locales. Desde la Típica Buenos Aires de Punta Alta (dirigida por Roberto Morel), pasando por la emblemática Típica Martínez-Meloni, hasta integrar las filas de maestros como Mario Grossi y Lucio Passarelli. También supo brillar con el respaldo de la orquesta de Volpe y las guitarras de "Bahía Trío" y "El Cuerdazo".
Uno de los hitos más recordados de su carrera es su relación con el mítico Roberto Achával. Se conocieron en los carnavales del Salón de los Deportes, cuando un joven Achával —entonces conocido como Cacho Randall— todavía empuñaba el violín en la orquesta de Luis Bonnat.
Aquella noche forjó una amistad inquebrantable que sobrevivió al tiempo y la distancia. Cuando Achával triunfaba en Buenos Aires, Rojas era un invitado infaltable en los boliches porteños, compartiendo noches de trabajo y bohemia que alimentaron el mito de dos de las voces más queridas de la zona.
La pasión de Rojas no se limitó al escenario. Como gestor y productor, fundó la peña "Mi Botica" (en la esquina de Darregueira y Av. Colón), un espacio que se convirtió en el faro incondicional para los cantores que llegaban desde Buenos Aires. Allí, Rojas no solo cantaba, sino que custodiaba la mística del tango bahiense.
Escuchar a Osvaldo Rojas es una experiencia de introspección. Con un repertorio poco "fatigado", el intérprete evita los lugares comunes para sumergir al oyente en un territorio de malvones, cielos estrellados y melancolía.
Su voz, lejos de buscar un caudal abrumador, se define por la espontaneidad y la ausencia de adornos innecesarios. Su pretensión es pura: comunicar sentimientos. Al igual que la frase de Paul Gauguin, "Cierro los ojos para ver", la propuesta de Rojas invita a ser transportado a un tiempo romántico y adolescente.
Con una presencia impecable frente al micrófono —esbelto, elegante y respetuoso—, Rojas ha perfeccionado un estilo íntimo y personal. Es, en definitiva, un artista que no busca el aplauso fácil, sino el eco profundo de la emoción en el alma de quien lo escucha.
* El autor es gestor cultural, escritor, conductor radial y miembro de la Academia Nacional del Tango.

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